Estar donde debes estar

Difícilmente cuando uno transita en soledad un valle de lágrimas, mira hacia arriba y se goza con un cielo azul brillante que el Señor nos regala. Cuando en medio de la tristeza el rostro del Señor parece esconderse, el corazón se quebranta, el alma se cierra como un puño apretando el dolor. Días atrás me quebranté y postrado, entre lágrimas, gritos y sollozos clamé: “¡Señor! ¡Ya no puedo más, no puedo más… no puedo más…!! ¡Por favor, haz algo!!!”

 

Como una película pasaban constantemente por mi mente escenas de mi vida. Eran los peores momentos, esos que te faltan los días de tu vida para arrepentirte y quisieras volver el tiempo atrás para detenerte y no haber tomado esas decisiones, no haber cometido esos actos que te llevaron hasta este punto. En la certeza, la convicción de que el actual estado es resultado de tanto extravío, tanta desidia, tanta mala elección sin tener la capacidad de discernir ni la visión para anticipar las consecuencias de mi proceder. ¿Te has sentido así alguna vez?

Hace ya más de treinta años, a mis jóvenes diecinueve años de edad dí un portazo en la iglesia en la que conocí al Señor como mi Salvador y en la que pasé por las aguas del bautismo. “A veces me dan ganas de salir corriendo” me comentaba una amada hermana días atrás. Pues bien: a mí también me dieron ganas de salir corriendo y sin más ni más ¡eso es efectivamente lo que hice! Lejos estaba de saber entonces, que lo peor aún estaba por venir. Es que el ciclo continuó repitiéndose en el transcurso del tiempo. Llegar a una iglesia, elaborar el duelo del fracaso de la iglesia anterior, recuperarme, comenzar a trabajar… hasta que algo se desequilibra, comenzar a decaer nuevamente, hasta llegar a un nuevo portazo. Un ciclo se cierra, otro nuevo comienza.

En lo secular, no ha sido muy diferente de lo anterior. Un día dejé el mejor trabajo que tuve. Allí, lo poco que sabía, lo que tenía y lo que era, funcionaba, servía, era valorado y tenía progreso. Sin embargo, tras catorce años de labor dejé ese trabajo creyendo que mi ciclo estaba allí agotado. Los años siguientes fueron más de lo mismo; llegar a una empresa, recuperarme del fracaso anterior, comenzar a caminar… hasta que las cosas comienzan a complicarse… decadencia y nuevamente portazo. Siempre haciendo ciclos sin poder arribar a ninguna parte. Tanto tumbo hubiera valido la pena si significara algún progreso. Lamentablemente no fue así. Nunca he experimentado tanto desprecio, humillación, falta de respeto, destrato.

Y esto, sólo a modo de ejemplo en dos áreas que considero muy importantes. Pero descubrir, entrar en la convicción de que son muchos los años desperdiciados en LOS QUE TODOS LOS AMBITOS DE MI VIDA HAN SIDO ASÍ; que la actual condición es porque he estado en un tirabuzón descendente cada vez más cerca del desastre inminente sin remedio; tal vez ha sido lo que más ha dolido, lo más desmoralizante, cual espina que taladra el alma.

Pues bien, todas estas cosas derramé delante del Señor aquella noche. Y no tengo empacho en hacerlo público, en la certeza, en la convicción de que Nuestro Amado Señor puede edificar una vida, hacer una bendición de los despojos de este quebranto entregados, abandonados en sus rotas pero dulces manos de amor.

Sin embargo, Dios tenía preparado para mí un alivio, un bálsamo para el espíritu quebrantado de este siervo. Hace casi diez años llegué a una iglesia que me abrió sus puertas y su corazón. Recuerdo que llegué a esa comunidad creyendo que Dios ya no quería saber más nada conmigo, que mi vida estaba terminada. Sin embargo, Dios allí tuvo a bien levantarme y poner en mis manos un gran ministerio, que aún hoy tengo la bendición y el privilegio de continuar ejerciendo. Pero a pesar de todo ello, un día emprendí la partida en la sincera certeza de que mi ciclo en ese lugar estaba terminado.

Casi tres años después retorné a esa iglesia. Me sirvió para CERRAR y ROMPER el último de los ciclos. Satanás es creador de ciclos, pero Dios es trazador de destinos. El adversario puede tenerte años dando vueltas sobre lo mismo, en algunos casos, toda una vida; desgastándote, limándote, erosionando tu espíritu sin poder llegar a ninguna parte hasta no querer saber más nada con Dios. Dios, en cambio; independientemente de las personas y de las circunstancias, si te saca de un lado es para ponerte en uno mejor donde más y mejor bendición seas, tanto para ti como para los que están a tu alrededor. “Dios no me quita nada, me cambia figuritas”, dice un amado amigo.

Dios hizo que haber regresado a esa comunidad me abriera las puertas de un evento en el cual pude reencontrarme con amados hermanas y hermanos con quienes me tocó servir hace muchos años. Éramos un grupo muy unido y juntos servíamos con lo que sabíamos, lo que sabíamos hacer y lo que teníamos… en pocas palabras con todo lo que éramos. Pero algo malo sucedió en aquella pequeña comunidad y como si una bomba hubiera estallado en medio de todos nosotros, terminamos esparcidos cada uno por su lado. En aquella época éramos jóvenes y algunos, niños aún. Hoy, todos somos padres y madres de familia y todos con un ministerio; dos de ellos, pastores. Uno de estos últimos, el más chiquito de ese entonces, ordenado pastor en este evento.

Entonces, terminé de caer en la cuenta de que todo lo que tengo, mis conocimientos, lo que sé hacer… en pocas palabras todo lo que soy; en esta comunidad sirve, funciona, es de bendición. ¿Por qué no lo pude ver así entonces?

Rick Warren dice que “la iglesia perfecta no existe, y si la encuentras, no te serviría de nada, puesto que tú mismo no eres perfecto”.

La iglesia en la que Dios te abrió las puertas; esa en la que lo que tienes, lo que sabes, lo que haces, en pocas palabras, lo que eres… sirve, funciona, es de bendición… Esa iglesia en la que lo que tienes, lo que sabes, lo que haces… todo lo que tú eres; además de servir, funcionar y ser de bendición, a pesar de las dificultades, de las personas y de las circunstancias; también progresa, se expande, crece, avanza… ¡Esa es la iglesia perfecta para ti! Y esto es válido no solamente para el ámbito eclesiástico. En lo secular y absolutamente en todos los ámbitos de la vida es así.

Hoy, alzo mis ojos al cielo y puedo ver la belleza de un cielo azul radiante. Hoy puedo ver que los problemas no se han ido, que siguen estando allí y que no existen las soluciones “mágicas”; pero estoy donde debo estar y que todo lo que tuve que pasar fue necesario para que este terco y rebelde corazón por fin aprendiera la lección y renaciera una tenue luz de esperanza donde ya no la había.

Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros, para que abundando la gracia por medio de muchos, la acción de gracias sobreabunde para gloria de Dios. Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

(2 Corintios 4:15-18 RV60)

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